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el viento

armando tejada gomez - argentina

Días de osario

Y qué ver o qué hacer, qué gemir, qué clamar,

 

qué de qué, quién a quién, qué decir, qué esconder,

 

dónde ir, dónde estar, qué vivir, qué rogar,

 

qué pedir, qué comer, qué se puede poder,

 

cómo ser o no ser, qué morir, dónde andar,

 

dónde, cuándo, qué qué, cómo y en qué lugar

 

puedo ver o gritar y oír o saber o llorar

 

sin llorar y escupir y morder y llorar y putear

 

animalmente inerme, colosalmente arriba del llanto

 

colosal?

  

Bañado en sangre, sangro, sangras, sangran,

 

sangramos

 

la gota, el cubo negro, la filtración del odio,

 

la rajadura infame la rotura sin término,

 

el chiflón de aire muerto que nos inmola a todos

 

más allá de este exiguo esqueleto de sombras

 que ha vejado la vida sin posible retorno. 

Ojos de no, modales de la boca torcida,

 

clausurada en un nudo ciego de impunidades,

 

manos cómplices, piernas para huir del gemido,

 

orejas taponadas de arena miserable

 

para sobrevivir a la muerte en la muerte

 de estos días de osario sin perro que les ladre. 

Arrinconado, lejos de la sal y el fuego,

 

a buen recaudo bebo el vino de una lágrima

 

y usted y vos y aquellos y yo y ellas y ellos

 

tapamos el aullido que aulló en otra casa

 

sobreentendiendo, encima de las miradas breves,

 

que lo que no nos pasa a nosotros, no pasa.

  

Y qué ver que no mira? Y qué hacer que no hace?

 

Qué de qué, me decía ¿Qué decir cuando calla?

 

Cómo? Qué cómo, como? Yo como como

 

como!

 

Quién con quién se decían todo sin decir nada?

 

Dónde ir? Dónde estar? Dónde quemar el tedio

 

culposo, carcelario, de este fin de semana?

  

Y usted sabe y yo sé; y vos sabés, sabemos

 

por hechos interpósitos que la muerte no cesa,

 

que ayer jadeó a tu puerta, que jadea en la mía

 

con resuellos de espanto y una espesa violencia,

 

aunque no nos miremos y hablemos de otra cosa

 

y el soborno del miedo nos pague con ceniza.

  

Quién dispone la muerte, proveerá la vida?

 

Con qué? De qué talego extraerá el latido?

 

Quien mata muere. A hierro. Se irá haciendo

 

fantasma

 

aunque no ve al óxido que llevará consigo,

 

la niebla, el modo oscuro, la soledad, el vértigo,

 

el temporal de gritos que aturde al asesino.

  

Quien otorga callando, salvará sus sandalias?

 

Y dónde irá más luego? Conseguirá salvarse?

 

A sus ojos, estéril será todo camino

 

y el prójimo y el árbol y el agua y el paisaje

 

porque mató callando el honor del sonido

 

y ha herido para siempre la dignidad del aire.

  

En estos días torvos, torpes, tupidos días,

 

vi reír, vi cantar, vi contar, vi mentir,

 

vi y no vi, no escuché, dijo no y no miré

 

el contorno de horror que salía a morir

 

porque no, por quizá, porque y qué, por amor,

 

por dolor, qué carajo, porque no y porque sí.

  

Pero estuve y no estoy, pero he muerto y no sé;

 

pero vivo y no soy, pero soy y estoy

 

entrevivo, entrevos, entresobre el dolor,

 

sobremuerto y quizás sobrevivo por hoy

 

para mí, para ver sin piedad la piedad,

 

insepulta, podrida de todo corazón!

  

Y quién? Y cuándo? Y cómo enjugarás el llanto?

 

Ese. El que no has llorado. El que aguarda en tus

 

ojos.

 

Ese alud de martirio que empuja en tu silencio

 

y hace doler doliendo bárbaramente todo?

 

Quién vendrá con el bálsamo aunque también

 

herido,

 

a cerrarnos la sangre y a desangrar al lobo?

  

Algo ha muerto muy hondo. Es la índole verde

 

la vida se ha quebrado con un crujido sordo;

 

un estampido lejos, un remoto derrumbe

 

ensordece la boca con un siglo de polvo.

 

aquél país, aquella situación de los sueños,

 

las palabras ardiendo, este amor, esos rostros

no volverán ya nunca, son materia de olvido,

 

murallones de sombra por donde trepa el moho.

  

Esta es la muerte a secas la entraña del vacío.

 

Sobrenombre del odio, nada la sobrevive.

 

Por añares de fuego no volverá la hierba

 

ni el pájaro ni el agua ni el aire ni el rocío,

 

aunque las ceremonias rituales continúen

 

como una danza muerta, baldía de sentido.

  

Así fue al otro día de la muerte de Abel:

 

ceniza desolada. Así debe haber sido:

 

de soledad insufrible. Un retorno flagrante

 

al animal de fondo, a un pozo de colmillos.

 

Así. Como este día cegado de horizonte

 

donde duele el otoño como un viejo silicio.

  

Yo Caín, sobre el hondo misterio de ser hombre,

 

sobrevivo en la muerte: vencedor y vencido.

  

Bajo Estado de Sangre - Torres Agüero Editor - 1986

 

Tomado de www.isla-negra.zoomblog.com

   

 

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