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Matisse interrogado por Apollinaire

Matisse interrogado por Apollinaire He aquí un tímido ensayo sobre un artista en quien se combinan, creo, las más tiernas calidades de la fuerza de su simplicidad y la dulzura de sus claridades. No hay relación entre la pintura y la literatura y he tratado en este aspecto de no provocar confusión alguna. Es que en Matisse la expresión plástica es la meta, así como para el poeta lo es la expresión lírica. Cuando yo vine hacia usted, Matisse, la gente lo miraba y, como ellos reían, usted sonrió. Veían un monstruo, ahí donde se elevaba una maravilla. Yo lo interrogaba y sus respuestas traducían las causas del equilibrio de su arte razonable. "Yo trabajé", me dijo usted, "para enriquecer mi cerebro satisfaciendo las diferentes curiosidades de mi espíritu." Me esforzaba en conocer los distintos pensamientos de maestros antiguos y modernos de la plástica. El trabajo fue también material porque trataba al mismo tiempo de comprender su técnica. Después, luego de servirme ese vino fuerte que sustrajo de Collioure, quiso volver al tema de las peripecias de ese peligroso viaje hacia el descubrimiento de la personalidad. Se va de la ciencia a la conciencia, es decir el olvido completo todo lo que no estaba en usted mismo. ¡Qué dificultad! El tacto y el gusto son aquí los únicos gendarmes que pueden alejar para siempre lo que no hay que volver a encontrar el camino. El instinto no guía. Se ha alejado, y se esta en su búsqueda "Después, usted decía, "crecí al considerar mis primeras obras. Raramente engañan. Encontré en ellas una similitud que al principio tome por una repetición, que solo agregaba monotonía a mis cuadros. Era la manifestación de mi personalidad, que aparecía, cualesquiera que fuesen los diversos estados de animo por los que pasaba". El instinto resurgía. Usted sometía, finalmente, su conciencia humana a la inconsciencia natural. Pero esta opera­ción se producía en determinado momento. ¡Qué imagen para un artista: los dioses omnipotentes, todopoderosos, pero sometidos al destino! Usted me dijo: "Yo me he esforzado en desarrollar esta personalidad contando sobre todo con mi instinto y volviendo a menudo a los principios, y me decía a mi mismo cuando las dificultades me arredraban: 'Tengo colores y una tela, y debo expresarme con pureza'. Debería hacerlo sumariamente poniendo, por ejemplo, cuatro o cinco manchas de colores, trazando cuatro o cinco líneas, que dieran una expresión plástica". Muchas veces se le reprochó esa expresión sumaria, mi querido Matisse, sin pensar que usted había realizado así uno de los trabajos mas difíciles: dar existencia plástica a los cua­dros sin el concurso del objeto, salvo para provocar sensaciones. La elocuencia de sus obras proviene, ante todo, de la com­binación de colores y líneas. Esa combinación es la que constituye el arte del pintor y no, como lo creen aún ciertos espíritus artificiales, la simple reproducción del objeto. Henri Matisse bosqueja sus concepciones, construye sus cuadros mediante colores y líneas hasta darles vida a sus combinaciones, hasta que sean lógicas y formen una composición cerrada, donde no se podría quitar ni un color ni una línea sin reducir el conjunto a la búsqueda azarosa de algunas líneas y algunos colores. Ordenar un caos, he ahí la creación. Y si la meta del artis­ta es crear, hace falta un orden, en el que el instinto será la medida. A quien trabaje así, la influencia de otras personalidades no podrá anularlo. Sus certezas son íntimas. Provienen de sinceridad y las dudas que lo angustiaran pasaran a ser la razón de su curiosidad. "Jamás he evitado la influencia de los otros" me dijo Matisse. "Yo hubiera considerado esa actitud como una cobardía y una falta de sinceridad frente a mí mismo. Creo que la personalidad del artista se desenvuelve, se afirma, por las luchas que tiene que librar contra otras personalidades. Si el combate le es fatal, si su personalidad sucumbe, ese y no otro era su destino." En consecuencia todas las escrituras plásticas los egipcios hieráticos, los griegos refinados, los camboyanos voluptuosos, las producciones de los antiguos peruanos, las estatuillas de los negros africanos, proporcionadas de acuerdo con las pasiones que los han inspirado pueden interesar a un artista y ayudarlo a la vez a desarrollar su personalidad. Al confrontar sin cesar su arte con las otras concepciones artísticas, al no cerrar su espíritu a las manifestaciones vecinas a las artes plásticas, H. Matisse, cuya personalidad tan rica hubiera podido crecer tal vez aisladamente, se enriqueció y adquirió esa grandiosidad, esa dignidad que lo distingue. Pero, curioso de conocer las capacidades artísticas de to­das las razas humanas, H. Matisse permaneció antes que nada devoto de la belleza de Europa. Europeos, nuestro patrimonio va de los jardines bañados por el Mediterráneo a los mares sólidos del Norte. Encontramos allí los alimentos que amamos y las sustancias aromáticas de otras partes del mundo solo son especias para nuestro espíritu. Así H. Matisse consideró a Giotto, a Piero de la Francesca, a los primitivos sieneses, a Duccio, menos poderosos en volumen pero más ricos en espíritu. Y en seguida meditó sobre Rembrandt. Y colocándose en este punto de confrontación de la pintura, se observó a sí mismo para co­nocer el camino que habría de seguir confiadamente su ins­tinto triunfador. No estamos en presencia de una tentativa desmedida: lo propio del arte de Matisse es ser razonable. Que esta razón sea a veces apasionada, a veces tierna, no impide que ella se exprese con tanta pureza como para que se la entienda. La conciencia de Matisse es el resultado del conocimiento de otras conciencias artísticas. Matisse debe la novedad de su plástica a su instinto o a su propio conocimiento. Cuando hablamos de la naturaleza, no debemos olvidar que formamos parte de ella, y que debemos considerarnos con tanta curiosidad y sinceridad como cuando estudiamos un árbol, un cielo o una idea. Ya que hay una relación entre nosotros y el resto del universo, nosotros podemos descubrirla y posteriormente no intentar sobrepasarla. 1907
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Vincent Van Gogh

Vincent Van Gogh

Cartas a Theo 

No conozco mejor definición de la palabra Arte que ésta: «El Arte es el hombre agregado a la naturaleza»; la naturaleza, la realidad, la verdad, pero con un significado, con una concepción, con un carácter que el artista hace resaltar y a los cuales da expresión, «redime», desenreda, libera, ilumina.(...)

Aun cuando viva a menudo en la miseria tengo en mí, sin embargo, una armonía y una música calma y pura. En la casita más pobre, en el rinconcito más sórdido, veo cuadros o dibujos. Y mi espíritu va en esta dirección por un impulso irresistible.

Cada vez prescindo más de las otras cosas, y cuanto más prescindo tanto más rápida se vuelve mi mirada para ver el lado pictórico. El Arte exige un trabajo obstinado, un trabajo a pesar de todo y una observación siempre alerta y continua.

Por obstinado quiero decir un trabajo constante, pero asimismo la fidelidad a su concepción a pesar de las opiniones de uno o de otro.(...)

Y bien, éste es mi fuerte: hacer un buen hombre toscano en una sesión. Si fuera capaz, mi querido hermano, lo haría siempre así, bebería con el primero que llegara y lo pintaría, pero no a la acuarela, sino al óleo, durante una sesión, como Daumier.
Si hiciera cien como éstos, en conjunto saldrían algunos buenos. Y yo sería más francés y más yo y más bebedor. Esto me tienta mucho. No la bebida, sino la pintura de pillos. ¿O es que obrando así lo que ganara como artista lo perdería como hombre? Si yo tuviera la seguridad de esto, sería un trastornado famoso; pero ya lo ves, no tengo la suficiente ambición de esta gloria como para prender fuego a la pólvora. Prefiero esperar la generación que ha de venir, la que hará en el retrato lo que Claude Monet hace en el paisaje, el paisaje rico y atrevido a lo Guy de Maupassant.

Yo sé que no soy de esa gente, pero, ¿los Flaubert y los Balzac no han hecho a los Zola y a los Maupassant? Viva pues, no nosotros, sino la generación venidera. Tú eres bastante juez en pintura para ver y apreciar lo que yo puedo tener de originalidad, y eres igualmente bueno para ver la inutilidad de presentar lo que hago al público de ahora, porque los otros me superan en la pincelada más neta. Esto concierne más al viento y a las circunstancias que a lo que yo podría sin el mistral y sin estas circunstancias fatales de juventud evaporada, de pobreza relativa.(...)

Pues bien, mi trabajo; arriesgo mi vida y mi razón destruida a medias, pero tú no estás entre los marchands de hombres, que yo sepa; y pueden tomar partido, me parece, procediendo realmente con humanidad.

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Hugo Costanzo - Su Obra en Pigüé

Hugo Costanzo - Su Obra en Pigüé

el doce de mayo a las veinte y treinta

Hugo Costanzo

inaugura una muestra de su obra

en el Salón del Honorable Concejo Deliberante

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